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lunes, 15 de febrero de 2016

Cómo lograr una autoridad positiva

Tener autoridad, que no autoritarismo, es básico para la educación de nuestro hijo. Debemos marcar límites y objetivos claros que permitan diferenciar qué está bien y qué está mal, pero uno de los errores más frecuentes de padres y madres es excederse en la tolerancia. Y entonces empiezan los problemas. Hay que llegar a un equilibrio, ¿cómo conseguirlo para tener autoridad?
En una de las primeras charlas que di a un grupo de padres de un parvulario, una madre levantó la mano y me preguntó:
- ¿Qué hago si mi hijo está encima de la mesa y no quiere bajar
- Dígale que baje, -le dije yo.
- Ya se lo digo, pero no me hace caso y no baja -respondió la madre con voz de derrotada.
- ¿Cuántos años tiene el niño? - le pregunté.
- Tres años - afirmó ella.
Situaciones semejantes a ésta se presentan frecuentemente cuando tengo la ocasión de comunicar con un grupo de padres.

domingo, 10 de enero de 2016

Las mentiras de los niños



El aprendizaje social de la mentira se insinúa en el ánimo del niño merced a la incoherencia existente entre los valores que normalmente le inculcan los adultos y esas manifestaciones con las que contradicen con la práctica lo que teóricamente proclaman. Así ocurre cuando el padre no se recata de jactarse ante el niño del último «negocio» con que acaba de engañar a los clientes, porque «no se puede perder dinero»...
De este modo se institucionaliza la inautenticidad y se justifica la hipocresía que tantas veces se oculta bajo el eufemismo de muchas expresiones adultas, como cuando llaman «hacer el amor» a lo que es puro egoísmo, «interrupción del embarazo» a lo que es un aborto intencionado, obrar «por motivos personales» a los que son motivos inconfesables... De este modo aprende el niño a llamar blanco a lo negro y negro a lo blanco, a mentir.
Si queremos prevenir al niño contra la mentira, tendremos que crear en torno a él un clima de autenticidad y veracidad, en el cual lo más importante sea la conducta honesta, coherente y libre de hipocresías; un clima en el que se sienta plenamente aceptado, libre de opresiones autoritarias que le obligan a defenderse y refugiarse en la doblez y el engaño.

jueves, 7 de enero de 2016

Educar en la asertividad




Hemos tenido ocasión de consultar muchos artículos y manuales sobre el tema de la asertividad (Ver: "Entrenamiento asertivo"). Es verdad que en la sociedad actual con tantas rivalidades y tensiones interpersonales nos vemos obligados a poner en juego, cada vez más, las técnicas de asertividad que conocemos a través de nuestras lecturas o cursos que hayamos podido hacer.
Pero estos conocimientos sobre las actitudes asertivas hay que transmitirlas y en el caso de los padres, deben saber enseñar a sus hijos a ser asertivos.

Qué es la asertividadEn primer lugar debemos recordar el concepto de asertividad. OlgaA Castanyer, en su libro "La asertividad: expresión de una sana autoestima" [Ed. Desclée de Brouwer, 6ª edición, 1997], lo define de forma sencilla como la capacidad de autoafirmar los propios derechos, sin dejarse manipular y sin manipular a los demás. La persona asertiva conoce sus propios derechos y los defiende, respeta a los demás, por lo que no piensa ganar en una disputa o conflicto sino que busca de forma positiva los acuerdos.
1.-Sabe decir "NO" o mostrar su postura hacia algo:
Manifiesta su propia postura ante un tema, petición, demanda.
Expresa un razonamiento para explicar/justificar su postura, sentimientos, petición.
Expresa comprensión hacia las posturas, sentimientos, demandas del otro.
2.-Sabe pedir favores y reaccionar ante un ataque:
Expresa la presencia de un problema que le parezca debe ser modificado.
Sabe pedir cuando es necesario.
Pide clarificaciones si hay algo que no tiene claro.
3.-Sabe expresar sentimientos:
Expresa gratitud, afecto, admiración...
Expresa insatisfacción, dolor, desconcierto...

En pocas palabras podemos decir que la persona asertiva:

Una vez que hemos recordado estas premisas nos toca ahora ver cómo hacemos para trasladar estos conocimientos a los hijos que como sabemos, están en formación y requieren nuestra atención y cuidados.
Sabemos que nuestros defectos y virtudes son fruto de las experiencias y mensajes que en su día nos transmitieron los mayores que nos rodeaban y ahora somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad, la obligación de influir en los más pequeños y educarlos según los patrones de conducta más adecuados y entre ellos está el de ser asertivos. La asertividad se aprende, no es innata. Se aprende con la práctica y debemos reconocer que es una obligación moral enseñarles a saber estar y comportarse tanto con los iguales como con los adultos.

martes, 5 de enero de 2016

Niños mentirosos, como corregirles


Por lo general, los niños comienzan a mentir a partir de los seis años, pues para que la mentira exista realmente es imprescindible que se produzca una cierta intencionalidad moral y ésta no surge hasta esa edad o quizá un poco más tarde.


Antes de dicha edad los niños tienden a fantasear pero el problema surge cuando esa actitud se convierte en un hábito y la mentira se instala en sus vidas como algo rutinario. A partir de los siete años las mentiras suelen estar ya vinculadas a otros factores, como, por ejemplo la necesidad de mantener la autoestima. En estos casos, el niño suele engañar, simplemente, para hacer frente a su inseguridad. Es decir: para quedar bien delante de sus compañeros y provocar su admiración.


Otras veces la mentira es el resultado de la imitación del comportamiento de los adultos. A menudo, casi sin darnos cuenta, mentimos delante de nuestros hijos en cosas que consideramos banales ("dile que no estoy..."). Y es que en esto -como en todo- nuestro ejemplo es fundamental, sobre todo en periodos del desarrollo en que los niños son "esponjas" que absorben todo.


A veces también los chicos de seis o siete años pueden mentir con el único fin de llamar la atención. Puede que nuestro hijo, por ejemplo, sea de los que simula de vez en cuando que le duele algo o que tiene algún problema grave... En efecto, los chicos pueden sentirse poco queridos o valorados en casa y eso les lleva a reclamar más atención de las formas más insospechadas.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Carta de un hijo a todos los padres del mundo



  • No me des todo lo que te pido. A veces sólo pido para ver hasta cuánto puedo coger.
  • No me grites. Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a gritar a mí también; y yo no quiero hacerlo.
  • No me des siempre órdenes. Si en vez de órdenes a veces me pidieras las cosas, yo lo haría más rápido y con más gusto.
  • Cumple con las promesas, buenas o malas. Si me prometes un premio, dámelo, pero también si es castigo.
  • No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o hermana. Si tú me haces lucir mejor que los demás, alguien va a sufrir, y si me haces lucir peor que los demás, seré yo quien sufra.
  • No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer, decide y mantén esa decisión.
  • Déjame valerme por mí mismo. Si tú lo haces todo por mí, yo nunca podré aprender.
  • No digas mentiras delante de mí, ni me pidas que las diga por ti, aunque sea para sacarte de un apuro. Me haces sentir mal y perder la fe en lo que dices
  • Cuando yo hago algo malo, no me exijas que te diga por qué lo hice. A veces ni yo mismo lo sé.
  • Cuando estés equivocado en algo, admítelo, y crecerá la opinión que yo tengo de ti y me enseñarás a admitir mis equivocaciones también.
  • Trátame con la misma amabilidad y cordialidad con que tratas a tus amigos, ya que porque seamos familia, eso no quiere decir que no podamos ser amigos también.
  • No me digas que haga una cosa si tú no lo haces. Yo aprenderé y haré siempre lo que tú hagas aunque no lo digas. Pero nunca haré lo que tú digas si no lo haces.
  • Enséñame a amar y conocer a Dios. No importa que en el colegio me lo quieran enseñar, porque de nada vale si yo no veo que tú conoces y amas a Dios.
  • Cuando te cuente un problema mío no me digas: No tengo tiempo para boberías o eso no tiene importancia. Trata de comprénderme y ayudarme.
  • Y quiéreme y dímelo. A mí me gusta oírtelo decir, aunque tú no lo creas necesario.



Escuela de Padres CNICE. Ministerio de Educación, 
 Ciencia y Deporte 2009.



Manejo de la autoridad en la adolescencia


La autoridad es muy necesaria en la adolescencia, básicamente porque es sobre ella sobre la escalera que el adolescente subirá en su camino de madurez. Es un derecho y una obligación a la que los padres no pueden renunciar, en aras a una supuesta “liberalidad”. El adolescente necesita la autoridad de sus padres para aferrarse a algo en su proceso madurativo.

Lo que sucede es que la autoridad debe ejercerse de forma proporcionada, en el momento oportuno y con los temas oportunos. Es inevitable que durante todo este proceso surjan situaciones conflictivas que puedan servir para distanciar a los hijos de sus padres, distancia que por otra parte es necesaria para el desarrollo de la personalidad en el joven.
Ciertamente la adolescencia es un proceso de adaptación mutua en el que el hijo crece y las relaciones con sus padres cambian, y a algunos padres les cuesta aceptar este cambio, parece como si temieran la adolescencia de sus hijos y en cierta medida se oponen a ella, por ejemplo, vigilándoles en todo momento.

Queremos insistir en que al adolescente no le va bien ni la sobreprotección ni la rigidez. La rigidez ha de flexibilizarse a través de las negociaciones; si bien los padres han de asumir el control y marcar los límites, por su parte los hijos han de tener “voz” para expresar sus opiniones. Sólo así se podrá llegar a acuerdos satisfactorios y aceptados por ambas partes. Es muy importante que queden claras las reglas a las que los adolescentes tienen que atenerse en cuanto a estudios, horarios, obligaciones, dinero etc, así como cuales serán las conductas a seguir en caso de infracción a esas reglas. De la misma forma los adultos han de ser claros, reales y concretos a la hora de establecer límites y actuar en consecuencia.

Cuando el niño miente



            Si quieres que los demás confíen en ti, tienes que merecer su confianza. La confianza se gana con el trabajo bien hecho y la obligación cumplida.

¿Cuántas veces nos ha tocado, como padres o profesionales, estar frente a la mentira de un niño? A veces de la manera más inocente, y otras veces con verdadera premeditación, lo cierto es que la mentira en el niño es casi una forma normal de comunicarse en el ambiente en que cotidianamente nos desenvolvemos. Presento a continuación, algunas pautas que pueden servir de base para una reflexión del problema y para abordar con mayor serenidad el tema de la mentira en los niños.


TIPOS DE MENTIRA EN EL NIÑO:
Cuando le decimos a un niño "Estás mintiendo", debemos tener mucho cuidado. Mentir es decir falsedades, es engañar a través de la palabra. Un niño que miente no siempre lo hace con intención.
Normalmente, los niños menores de 7 años tienen la tendencia a confundir la realidad con la fantasía. De ahí que sus juegos parecen tan vívidamente reales. En esta edad, cuando un niño se acerca a nosotros y nos dice "Por favor límpiame la cara que me quedó llena de barro luego del combate en el que estuve...", nos está invitando a participar de su fantasía y no está intencionalmente queriendo engañarnos. Este tipo de "mentira" es inocente, sin premeditación y sobre todo sin querer conseguir ningún beneficio con ello.
A partir de los 7 años, aproximadamente, el niño empieza a tener mayor conciencia de su realidad y se da cuenta que a veces falseando la verdad puede conseguir ciertos beneficios personales. Por ejemplo, el niño que asegura haber comprado un dulce con una moneda que se encontró en la calle, cuando en realidad la sustrajo del monedero de la mamá...
Padres, maestros y orientadores nos preocupamos ante este segundo tipo de mentira en el niño, pues es el que mayormente acarrea problemas posteriores.

¿PORQUÉ MIENTE EL NIÑO?
Queda claro, entonces, que en niños pequeños la mentira se da como parte de su juego, como viviendo su fantasía en la realidad.
Cuando el niño mayorcito miente, puede ser por diversas razones:
  1. Como imitación al padre o a la madre que miente: Los niños, dicen, son como esponjas que absorben todo. Si ellos observan y viven la mentira de manera cotidiana, aprenden a hacerlo como algo normal y cotidiano. Es el caso del niño que escucha a su madre negarse al teléfono "dile que no estoy..."
  2. Por miedo: Suele ser la causa más común de la mentira en los niños, quienes por temor a la desaprobación o al castigo por parte de la madre o del padre, se ven llevados a falsear la verdad. Si el niño sabe que, por ejemplo, al llevar una nota mala del colegio, su mamá se va a enojar o le va a prohibir ver televisión, seguramente dirá que no le han entregado sus calificaciones aún...
  3. Ante la exigencia: Cuando le exigimos mucho al niño, esperando de él, a veces más de lo que esperamos de nosotros mismos, el niño tiende a hacernos creer que está al nivel de nuestras expectativas, y miente para no defraudarnos.
Sea cual fuere la causa concreta de la mentira, siempre es señal de que el niño está en apuros. El que miente es porque lo necesita. Con la mentira, el niño nos está diciendo "auxilio".

¿CUÁNDO PREOCUPARSE?
No siempre la mentira es tan grave como para preocuparse. Cuando la mentira es surgida de la fantasía, normalmente con la madurez del niño, ésta desaparece. Cuando se trata de mentira propiamente dicha, tendríamos que preocuparnos si es recurrente o si se presenta como:
a. Mentira patológica: La famosa "mitomanía" que surge del niño que intenta persuadir y convencer a los demás de la realidad de sus relatos. Esta es la mentira que se vuelve habitual, una forma normal de reaccionar en el niño.
b. Mentira neurótica: Surge como producto de un nivel elevado de ansiedad en el niño o del temor en general. Por ejemplo el caso del niño que habitualmente miente acusando a sus profesores de mal trato para ocultar su rechazo escolar.


¿QUÉ HACER ANTE LA MENTIRA?
Lo primero que tenemos que hacer como padres o maestros es determinar qué tipo de mentira es con la que estamos lidiando y, sobre todo, qué la está motivando. Si no sabemos cuál es la causa de ese "auxilio" desesperado en el niño, corremos el riesgo de equivocarnos en la intervención.
La actitud que tengamos va a ser determinante. Será necesario:
  1. Reaccionar con calma aunque con severidad.
  2. Felicitar o premiar al niño que confiesa la verdad. Si lo castigamos a pesar de que ha confesado, estamos reforzando su hábito de mentir (la próxima vez lo hará con más cuidado para que no lo descubran...). Sólo en última instancia habrá que acudir al castigo.
  3. Favorecer un ambiente de confianza, en la que el niño se anime a contar sus travesuras y sus errores. Que no sienta que cada vez que habla, hay consecuencias drásticas.
  4. Estar alerta. Por mucho que amemos a nuestros hijos, tenemos que aceptar que a veces fallan, que no son perfectos e ideales como los hemos imaginado.
Lo ideal es que estas condiciones se den a modo de prevenir la mentira en el niño ("es mejor prevenir que lamentar"). Si estas condiciones se dan en su hogar, seguramente el hábito de la mentira no se dará; o si es que ya existe, irá desapareciendo en el niño. Si no llegara a desaparecer, lo más recomendable es buscar orientación profesional.



Lic. Pilar Ramírez V. - Psicólogo

jueves, 20 de febrero de 2014

SABER HABLAR (RESPONDER)

Saber cómo responder a las preguntas de nuestros hijos es el tercer elemento crítico en la comunicación. Si deseamos que ellos compartan sus sentimientos, opiniones, temores o dudas con nosotros, debemos acogerlos en forma cálida. También debemos demostrarles calidez cuando queremos darles a conocer nuestras opiniones o la manera de solucionar conflictos.
La forma de expresarnos también presenta ciertos elementos críticos que pueden facilitar o bloquear la receptividad. Algunos de estos elementos son los siguientes:  

  • Saber manejar el tono de la voz. Debemos darnos cuenta cuando nuestra voz suena a crítica o burla, o cuando damos la impresión de estar imponiendo órdenes y gritando. Estas tonalidades bloquean la comunicación. Por ello, un tono de voz cálido y amistoso forma parte del éxito en la comunicación.

  • No ofrecer consejos cada vez que su hijo le habla. Es mejor escucharle con atención y tratar de entender sus sentimientos detrás de las palabras, y luego verificar lo que ha querido expresar.

SABER OBSERVAR

En las conversaciones con nuestros hijos, la comunicación verbal (lo que hablan) es tan importante como la no-verbal (cómo actúan). Para poder comprender lo que están tratando de comunicarnos, es necesario observar detalladamente todos los mensajes que nos envían, tanto con sus expresiones corporales como con sus palabras. Saber reconocer estas señales nos ayudará a conocer sus sentimientos. 

Esté atento a las expresiones corporales y faciales de su hijo. Observe por ejemplo, si está relajado, sonriente y mirándole a los ojos, o si por el contrario, está nervioso, tiene el gesto fruncido, golpea el suelo con sus pies y mira continuamente su reloj. Estas señales mandan claros mensajes que no podemos ignorar. 

También es importante enriquecer nuestras señales corporales; miradas, gestos, caricias, apretones de manos, roces o sonrisas. Estas acciones son un lenguaje que nos acerca a nuestros hijos y favorecen la comunicación

SABER ESCUCHAR

Escuchar es el componente más importante de una buena conversación, y tal vez, el más difícil. Algunas prácticas sencillas para aumentar en nuestros hijos el deseo de compartir sus experiencias o preocupaciones durante el transcurso de una conversación son las siguientes:
  • Muestre una actitud positiva frente a su hijo: mírelo a los ojos, asienta con la cabeza, si está sentado incline su cuerpo hacia adelante, entréguele su completa atención.
  • Ponga atención a lo que su hijo dice y cómo lo dice. Tenga en cuenta su tono de voz, las palabras que usa, los gestos que hace, el movimiento de su cuerpo, y su estado de ánimo.
  • Identifique los sentimientos que su hijo está expresando al hablar. No lo interrumpa. Concéntrese en escucharlo. Mientras él habla, no piense en la opinión que usted tiene sobre lo que él está diciendo ni en lo que le responderá cuando haya terminado.
  • Asegúrese de entender lo que su hijo ha querido decir durante la conversación. Para confirmarlo, repita lo que usted ha entendido. Por ejemplo: "¿Quieres decir que sabes que debes decir "no" al uso de drogas, pero que no sabes cómo manejar la presión de tus amigos?"
Si sus hijos notan que usted los sabe escuchar estarán más abiertos a compartir sus sentimientos y sus dudas, y usted podrá saber lo que piensan.